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Binarios 1

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El cónclave.

Me costó al principio identificar su forma.
Sólo pude ver unos trazos intrincados de metal.
Al concentrarme más vi formarse la silueta, imponente, de metal bruñido.
Mezcla de Transformer y el Destructor guardián de Asgard, lo vi lleno de fuego en las entrañas.
Le pregunté quién era sin miedo ni curiosidad: yo esperaba a alguien.
“El Orgullo”, contestó.
El Orgullo fue el primero en comparecer
Y yo lo recibí sin prejuicios ni rechazo.

El segundo temblaba incontrolablemente.
Pensé que era de frío o hambre; se la veía tan consumida con su cuerpo enjuto y frágil.
Al acercarse me di cuenta de que temblaba por las millones de lombrices que corroían su panza.
La Falta de Confianza llegó segunda y yo no dudé en aceptarla.

La Desilusión llegó sin cuerpo, como una ráfaga de aire caliente que te envuelve de repente y te reseca las narinas y la garganta;
Pero no la resistí.
Mi cuerpo no se tensó ni mis ojos se cerraron intentando dejarla afuera;
Intentando proteger mis ideales acerca de quién y cómo debo ser.
Ella también entró y su calor, que parecía abrasador, se convirtió en calidez.

La niña llegó andando a ciegas, nublada su vista por un eterno sollozo.
“Soy La Ansiedad“, dijo con voz entrecortada por los espasmos del llanto.
Esta vez no hubo ni gritos ni zarandeos para que se detuviera.
Entró y se refugió en una total calma.

“¡YA MISMO, YA MISMO, AHORA!”
El ensordecedor mandato del gigante torpe y desfigurado rugió en el aire
Y todo el Universo quedó imposiblemente estático por 30 segundos.
Esperé a que todo volviera lentamente a ponerse en movimiento y le di la bienvenida.
La Compulsión había llegado.

Envuelta en cuervos y con la frente marcada a fuego llegó La Envidia.
Flotó hacia mí a pocos centímetros del suelo. Solapada y silenciosa, sabiéndose la más despreciada.
Aceptarla sin reparos me hizo sentir un poco más humilde y cercana a mi humanidad.

Las miles de hebras de La Tristeza me erizaron al rozarme y se adhirieron a mi como una gigantesca telaraña.
Me sorprendió lo delicado de su toque, lo sereno de su pulso;
La familiaridad con la que recibí su abrazo.

El Capricho se arrastró hasta mí tullido, espástico y tartamudo.
Verlo avanzar a pesar de su marmórea rigidez me convenció de la potencia de su voluntad y en esa admiración se diluyó cualquier rechazo que su deformidad hubiera despertado en mi.
Lo acaricié e inmediatamente noté como su agarrotamiento se distendía.
En el suspiro de alivio que salió de su boca al fin pude entender los apopléjicos graznidos y chllidos:
“RECONÓCEME”, eso decía.

El aliento de la bestia anunció su presencia mucho antes de que viera su formidable cuerpo.
Un vaho pútredo y acre que penetró mis ojos haciéndolos llorar y se asentó en mi estómago.
Enormes patas que me llegaban al hombro.
Pelaje negro, ralo, erizado y grueso como espinas.
Jirones de carne colgando de sus cuadradas mandíbulas.
Su cabeza aún teñida por la sangre fresca de aquellos que soñó con destrozar.
Se acercó con paso elástico, aullando
Y en la mezcla de agudos y graves de su grito descifré su nombre: Venganza.
Estiré mi brazo y la acaricié sintiendo el poder de sus músculos bajo la piel.
Se echó a mis pies y enseguida supe que yo era el amo.

Entonces miré a mi alrededor y vi como mis bestias se extendían más allá de lo que mis ojos, mi conciencia o cualquiera de mis otros sentidos podían distinguir.
Todas en sus horrendas formas, todas en sus sobrecogedoras presencias.
Todas partes de mi que responden a la distorsión con que las azoto.
Y comprendí que mi aceptación es su mansedumbre.
Amarlas es liberarlas; es liberarme.